«Ista quidem vis est?»
Julio César, Idus de marzo del año 44 a.C.
Dos magnicidios
Repasemos un poquito de historia reciente: el 28 de abril de 1945 muere Benito Mussolini fusilado por un grupo de partisanos que lo han interceptado el día antes cerca de la frontera con Suiza. Además de él, es ejecutada una veintena de personas de su séquito, entre ellas varios de sus ministros, algunos oficiales y su propia amante. Los cadáveres son transportados desde el norte de Lombardía y llegan a Milán muy temprano en la madrugada del día siguiente. En la Plaza Loreto de Milán, los cuerpos son colgados por los pies en el techo de una gasolinera y exhibidos públicamente, dando lugar a un espectáculo multitudinario. La turba enardecida se ensaña con los cadáveres y muy especialmente con el cuerpo inerte del Duce, dejándole el rostro desfigurado y casi irreconocible por los golpes. Este sórdido show se vuelve pronto noticia en todo el mundo. Narro todo esto en tiempo presente, y adrede.
Cambiando de escenario, pero no de tema, vámonos a la Libia de hace exactamente un mes atrás: el jueves 20 de octubre de 2011 Muamar el Gadafi, quien gobernó ese país por más de cuarenta años, es capturado y asesinado por revolucionarios en su Sirte natal. Al instante comienzan a circular por las cadenas internacionales de noticias y las redes sociales más populares de internet videos y fotografías de impactante crudeza captados en vivo y en directo con teléfonos móviles. En los videos aparece primero un Gadafi herido pero aún con vida y luego ya muerto, envuelto por los vítores, el forcejeo y la algarabía de una muchedumbre eufórica. Los adjetivos sobran ante la elocuencia de las imágenes. Momentos como estos se repiten en la Historia. La circunstancias en torno a la muerte de figuras públicas –Gadafi, Mussolini– no sólo pueden ser oscuras, controvertidas, sino que también pueden volverse morbosas hasta el paroxismo sin demasiada dificultad. Pocos apartan la vista; el resto, vemos en la televisión o en YouTube a un demacrado Saddam Hussein a instantes de que lo cuelguen. El ultraje al némesis es de un morbo raro, viscoso, del que todos somos partícipes, conscientes o no, independientemente de las valoraciones que hagamos del personaje.
Un juicio imperceptible, una muerte fugaz
No me cabe duda de que muchos quisiéramos ver compareciendo ante una Corte Internacional a todos aquellos acusados de despotismo, de terrorismo, en suma, de crímenes contra la humanidad. De este modo, más allá de los cargos que se les imputen y las condenas que reciban, los testimonios últimos de estas personas quedarían registrados en la Historia. Incluso ante la posibilidad que el veredicto final no haga justicia, desde el punto de vista ético pienso que la sociedad ganaría algo más con que se lleve a cabo un juicio que con el producir otra muerte. El juicio público siempre es útil. Porque, preguntémonos: ¿cómo se defiende a sí misma una figura polémica de la talla de Gadafi? ¿O cómo justifica sus acciones un dictador? ¿Se arrepiente de algo ante la mirada inquisidora del mundo o calla ante lo indefendible? ¿Qué lecciones puede extraer la sociedad de las respuestas que el acusado dé? ¿No es acaso del interés público enterarse y extraer lecciones de todo eso? Podemos seguir elucubrando hasta tener sobre la mesa un buen número de cuestiones bien importantes pero que no suelen responderse en un tribunal, supongo que por alguna razón. En cambio, tenemos el gloria y majestad el desafortunado adagio «se mata la perra, se acaba la leva». El hombre más buscado del mundo por casi diez años, Osama bin Laden, sufrió una suerte semejante este mismo año, el 2 de mayo: muere en circunstancias nebulosas, con una amplísima cobertura por los medios de comunicación al comienzo y una bastante veloz vuelta la página a los pocos días. Cuando escribo esto, estamos a menos de cinco semanas de la muerte de Gadafi, ya poco o nada se comenta del hecho ni mucho más de sus consecuencias, a pesar de que hablamos de los destinos de uno de los países líderes en la producción mundial de petróleo. Figuras políticamente influyentes como Mussolini o Gadafi son toleradas internacionalmente por motivos políticos y vínculos de interés hasta que la coyuntura cambia, el poderoso pierde la Gracia, es señalado públicamente como el malhechor y, lo que me impresiona harto, el asunto se zanja rápido: su testimonio no necesita ser escuchado pero su ajusticiamiento sí necesita ocurrir a la brevedad. Toda reflexión ética que pueda suscitar el hecho duro de tener al villano frente a uno, acorralado, vencido y vulnerable, palidece ante la aplicación más o menos inmediata del «ojo por ojo», lo que según entiendo es una ley de la Edad del bronce, y acaso más vieja todavía. Lo que sigue es un torbellino de imágenes y un olvido casi forzado después. El magnicidio, cuando es tiranicidio, es intenso y fugaz.
La cosa visceral
Tomemos otro ejemplo de oro que une el morbo con la violencia: los momentos que siguieron a la muerte de Héctor. Aquiles lo enfrenta en combate singular y lo mata. Por supuesto que la historia no termina ahí. Homero nos cuenta esto con detalle:
Los hijos de los aqueos acudieron corriendo y quedaron admirados de la talla y de la envidiable belleza de Héctor; y nadie hubo que se presentara y no lo hiriera. Y se decía cada uno, mirando al que tenía próximo: "¡Qué sorpresa! ¡Ahora sí que es Héctor mucho más blando de tocar que cuando prendió las naves con el voraz fuego." Así repetía cada uno cuando se presentaba y lo hería. [1]
Después de que las tropas aqueas han festinado y mancillado el cuerpo sin vida del príncipe troyano, Aquiles le perfora los talones y los enhebra con una correa de cuero, para luego amarrar el cadáver a su carro de combate, montar triunfante en éste y arrastrar al héroe caído, boca abajo, alrededor de Troya aún sin sucumbir. Aquiles y la soldadesca aquea se encarnizaron en la humillación al difunto Héctor, y no por su envidiable belleza. Sabido es que hay un aspecto ritual muy potente en esta recurrente misè-en-scene del rey muerto, pero mi propósito hoy no es hablar de lo que dice un James Frazer o lo que dice un Robert Graves al respecto. Quiero destacar en cambio algo que, en mi opinión, antecede al análisis antropológico, a la idea tras el célebre sic semper tyrannis: es, digamos, esa cosa visceral que la muerte de determinadas personas suscita y que engloba el morbo, la violencia innecesaria, el deseo casi incontenible de la turba por hacer justicia por sus propias manos, pero también la celeridad de los eventos. Me dirán que existe un mundo de diferencia, y lo entiendo, entre el valiente Héctor, campeón que en defensa de su pueblo encara a un semidiós, y el controvertido jefe de estado caído que, al caer en desgracia, huye. Lo que comparten estas historias es esta cosa visceral a la que me refiero: una experiencia común de los vencedores, una mirada y un tratamiento particular al cuerpo del antagonista depuesto y vencido. Julio César, dictador de la República romana, hace la pregunta al momento que los senadores comienzan a abalanzársele para matarlo: ¿qué clase de violencia es esta?
El cuerpo del Leviatán
En cierta medida, los pormenores del tiranicidio parecen confirmar algo que la filosofía política occidental nos viene diciendo desde la primera publicación de Leviatán, hace exactamente trescientos sesenta años atrás: que el hombre es un lobo para el hombre. Hobbes pensaba que la figura del soberano transformaba la situación de guerra de todos contra todos en una relación vinculante de todos contra uno, también conflictiva pero mucho más preferible. Dicho muy reduccionistamente, el soberano condensa a todos nuestros enemigos en uno solo, y de este modo pacifica, ya sea por un contrato a través del cual los súbditos cedemos parte de nuestros derechos en pos de una mejor vida en sociedad, o bien por la fuerza de la espada. Si seguimos la tesis de Hobbes, admitiremos que en el cuerpo del Leviatán confluye un número de bajas pasiones humanas –el miedo, el egoísmo, y principalmente la agresividad– que se mantiene en suspensión mientras el soberano existe, o mejor dicho, mientras el contrato social se considera vigente. Cuando el monarca pierde su investidura, la tensión popular que él canalizaba en sí es liberada bruscamente, y la masa se desquita contra su cuerpo ya despojado de su carácter sagrado. La muerte no basta: es necesaria la profanación pública, donde todos somos testigos y cómplices. Hoy, lo televisamos. Sin embargo, no soportamos el horror de la sangre por demasiado tiempo y queremos dar vuelta la página lo antes posible: el hecho nos da asco y queremos olvidarlo. Nos cuesta explicarnos o justificar el porqué actuamos de ese modo. No queremos ser animales ante nosotros mismos. No queremos hablar de esta cosa visceral.
Lo que hace especial al magnicidio es que nos hace partícipes de una violencia y un morbo colectivos y casi catárticos, dirigidos no contra un simple extraño o un enemigo personal, sino contra una personificación de la agresividad social contenida. Esto es lo que trasciende las rencillas personales o los odios locales, y envalentona a los grandes grupos –las pandillas, las barras bravas, la tropa aquea– a excederse en su violencia. El fascismo le saca el jugo a este fenómeno, pero no es el único ejemplo de su utilización política. Se espera que devoremos al rey demonizado cuando lo encontremos y luego queramos ignorar lo ocurrido. Desacreditando a un gobernante, despojándole de su intocabilidad ante el mundo, un grupo fáctico, un partido político o una potencia económica pueden dejar a la masa hacer el trabajo sucio. A un mes de su muerte, no se habla de Gadafi. La memoria es frágil y la repulsa ante el hecho lleva a una retirada de la muchedumbre, dando espacio a los interesados conscientes para hacer lo que no podían cuando el villano estaba con vida y reinando.
Conclusión
Todo esto de lo que he hablado un poco libremente aquí, que es la violencia, el morbo, el olvido, no hace sino poner en evidencia el carácter circunstancial, efímero y fútil del Leviatán. El soberano es un símbolo de orden, de tensión, de poder sobre la muerte, pero cuya labor pacificadora y canalizadora de esta cosa visceral no suele trascender su cuerpo mismo. La bestia humana libera sus tensiones en la efigie del tirano con fuerza, rabia, frustración, odio; más tarde, reniega de sus acciones, las borra de su memoria para luego seguir dándole vueltas a la rueda de la supervivencia. Considero que mi visión del ser humano es harto más esperanzadora que la de Hobbes, pero no niego que nuestra condición animal juega un rol mucho más preponderante que lo que quisiera el pensamiento iluminista y burgués. El genio es estar consciente de ello del mismo modo que estamos conscientes de la verdad de la muerte. Sólo entendiendo cada uno de nosotros el grotesco circo de la violencia humana es posible romper la estulta circularidad de los hechos y construir historia, progresar como especie, sin sublimaciones antropomorfas, sin necesidad de tiranos ni de pastores.
Referencias.
[1] Ilíada, Canto XXII, 369-375.




Bajando desde el morro donde se edificó la fortaleza, se revela e

El concurrido barrio de Aker Brygge, un m
