La Iglesia Católica del siglo XXI vuelve a sorprendernos, y es así como hoy esperamos un nuevo e inminente síntoma de la sistemática destrucción de los legados progresistas del Concilio Vaticano II. El giro ultraconservador y tradicionalista que viene experimentando la autodenominada Iglesia de Pedro se arrastra desde los albores del pontificado de Carol Wojtyla, y su actual sucesor, Joseph Ratzinger, se perfila como una figura cada vez más decimonónica. De esto se venía murmurando hace tiempo, pero el pasado sábado 7 de julio de este 2007 el papa Benedicto XVI vino a confirmarlo y a darle fecha: el regreso de la Misa Tridentina, o liturgia en latín.
Me permitiré una breve revisión del asunto. La Misa Tridentina toma su nombre del Concilio de Trento (1545-1563), y fue estructurada por el entonces papa Pío V como una manera de ordenar y homogeneizar la liturgia católica, que hasta la fecha era dictada en tantos idiomas como regiones había en Occidente. Desde el siglo VII el ya bastante trastocado latín había dado paso a varias lenguas vernáculas, y en un par de siglos ya se había pasado al triste y polvoriento catálogo de las lenguas muertas. Sin embargo, la misa latina se mantuvo en muchos sitios, en parte porque había sido redactada principalmente en tal glosa. Pío V, en su bula Quo primum tempore estipuló que la misa debía mantenerse absolutamente inalterable, y prohibió que se agregaran nuevas liturgias a la ya existente. Es por eso que la misa "unificada" en latín, en rigor, es un hecho de la edad moderna, y se extendió en tal fecha por el mundo católico, suprimiendo en sus templos los ritos tradicionales en arameo, hebreo, griego o en los más accesibles lenguajes locales. Aquellos pueblos de raigambre indígena, como el "Reyno de Chile", nunca conocieron el latín vivo. El feligrés criollo y común entendía poco y nada de lo que el sacerdote balbuceaba en el púlpito; en parte por la acústica de la imponente Casa de Dios, y esencialmente porque sólo los hijos de las siempre exiguas familias acomodadas y terratenientes tenían acceso a la enseñanza de la lingua latina. Tal situación se repetía en todas partes del globo.
Lo que ocurrió en el Concilio Vaticano II (1962-1965) fue revolucionario en un amplio sentido. Al suprimirse la misa en latín y traducir la homilía al idioma que cada nación conoce desde la cuna, los fieles podían comprender el significado del rito, y acercar el mensaje a sus vidas en conciencia, del mismo modo que pudo haber hecho Jesús al predicar en el monte en arameo o talvez en griego (y no en hebreo, lengua que en el siglo I estaba restringida a la liturgia judaica). Esta innovadora medida, con claros ribetes de cambio social y que tuvo, por cierto, excelente acogida en la mayoría de los latinoamericanos católicos, fue pronto rechazada por las facciones más ultra de la Iglesia, motivando incluso un cisma en 1988, con la escisión de los partidarios del padre Lefevbre, que rechazaban de lleno la misa en otra lengua que no fuera la de Virgilio. En pleno siglo XXI, no se imparten clases de latín salvo en casos muy puntuales, y solamente un puñado de hombres que se visten de rojo -igual que el diablo, dicen-, los cardenales, pueden comprender de corrido este idioma.
La intención de revertir esta acción venía gestándose hace tiempo, del mismo modo como se ha hecho por ya casi treinta años con casi todo lo que el Concilio Vaticano II logró. Es así como en actual pontifex firmó un motu proprio, publicado el sábado pasado, que autoriza la liberación de la Misa Tridentina de la restricción de la reforma litúrgica post concilio de 1969. Mediante aquella carta apostólica se establece el retorno al uso del Misal de San Pío V (revisado en 1962) a contar del 14 de septiembre de este año. Juan Pablo II ya mostraba señales que vaticinaban su regreso a través de un documento promulgado en 1984, el que autorizaba la celebración de la misa latina si ésta era solicitada por los fieles de la diócesis a su obispo.
Más señales de la misma moda doctrinaria: se espera que en estos días se emita un segundo documento que confirmará la polémica declaración Dominus Iesus del año 2000. Ésta afirmaba que sólo la Iglesia Católica es la "Iglesia de Cristo". Para el papa B-16, tan infalible como sus predecesores desde que lo estipulara Pío IX, es falso que distintas iglesias que se consideren cristianas posean el mismo grado de verdad. Causó escozor en las congregaciones ortodoxas, anglicanas y protestantes de ese año, y lo hará ahora. Mientras tanto, el párroco vuelve a darle la espalda a los feligreses en la homilía, y el pobre que es creyente de ésta, la única iglesia verdadera, no podrá comprender lo que su pastor dice durante la eucaristía. Para el más crítico, que ya consideraba las misas bastante vacuas, ahora le parecerán más arcanas y menos sentido tendrá su asistencia.
Podría quedarme tranquilo con una actitud de mero observador frente a esta decisión vaticana. Al fin y al cabo, los temas de su administración y políticas internas son asunto que les concierne sólo a ellos, y (quizás) a los feligreses devotos; mientras que quienes no somos creyentes deberíamos mantenernos al margen de opinar si deciden celebrar misas en copto o en siríaco. Entonces, ¿de qué me preocupo? Esta medida eclesiástica, como tantas otras ya tomadas y otras muchas que vendrán, son consistentes con la onda retro que comentaba al comienzo, en la que el imperio contraataca (entendámoslo, la religión) buscando recuperar su imagen tradicional, y con ello el control que otrora ejerció sobre la sociedad en todos sus ámbitos. Después de comulgar en latín, los apóstoles del peluconismo saldrán de sus templos a inmiscuirse en la esfera de lo privado al obstaculizar la entrega de condones en las playas, o de anticonceptivos en los consultorios, como ya hemos visto. Algunos connotados de estos mismos personajes trasladan su integrismo a la política como si no se hubieran dado cuenta que iglesia y Estado ya son entidades separadas. Pues bien, a ellos les digo: exaudite beati, quod Iesus ipse dixit: redde Caesari quae sunt Caesaris, et quae sunt Dei Deo!
Me permitiré una breve revisión del asunto. La Misa Tridentina toma su nombre del Concilio de Trento (1545-1563), y fue estructurada por el entonces papa Pío V como una manera de ordenar y homogeneizar la liturgia católica, que hasta la fecha era dictada en tantos idiomas como regiones había en Occidente. Desde el siglo VII el ya bastante trastocado latín había dado paso a varias lenguas vernáculas, y en un par de siglos ya se había pasado al triste y polvoriento catálogo de las lenguas muertas. Sin embargo, la misa latina se mantuvo en muchos sitios, en parte porque había sido redactada principalmente en tal glosa. Pío V, en su bula Quo primum tempore estipuló que la misa debía mantenerse absolutamente inalterable, y prohibió que se agregaran nuevas liturgias a la ya existente. Es por eso que la misa "unificada" en latín, en rigor, es un hecho de la edad moderna, y se extendió en tal fecha por el mundo católico, suprimiendo en sus templos los ritos tradicionales en arameo, hebreo, griego o en los más accesibles lenguajes locales. Aquellos pueblos de raigambre indígena, como el "Reyno de Chile", nunca conocieron el latín vivo. El feligrés criollo y común entendía poco y nada de lo que el sacerdote balbuceaba en el púlpito; en parte por la acústica de la imponente Casa de Dios, y esencialmente porque sólo los hijos de las siempre exiguas familias acomodadas y terratenientes tenían acceso a la enseñanza de la lingua latina. Tal situación se repetía en todas partes del globo.
Lo que ocurrió en el Concilio Vaticano II (1962-1965) fue revolucionario en un amplio sentido. Al suprimirse la misa en latín y traducir la homilía al idioma que cada nación conoce desde la cuna, los fieles podían comprender el significado del rito, y acercar el mensaje a sus vidas en conciencia, del mismo modo que pudo haber hecho Jesús al predicar en el monte en arameo o talvez en griego (y no en hebreo, lengua que en el siglo I estaba restringida a la liturgia judaica). Esta innovadora medida, con claros ribetes de cambio social y que tuvo, por cierto, excelente acogida en la mayoría de los latinoamericanos católicos, fue pronto rechazada por las facciones más ultra de la Iglesia, motivando incluso un cisma en 1988, con la escisión de los partidarios del padre Lefevbre, que rechazaban de lleno la misa en otra lengua que no fuera la de Virgilio. En pleno siglo XXI, no se imparten clases de latín salvo en casos muy puntuales, y solamente un puñado de hombres que se visten de rojo -igual que el diablo, dicen-, los cardenales, pueden comprender de corrido este idioma.
La intención de revertir esta acción venía gestándose hace tiempo, del mismo modo como se ha hecho por ya casi treinta años con casi todo lo que el Concilio Vaticano II logró. Es así como en actual pontifex firmó un motu proprio, publicado el sábado pasado, que autoriza la liberación de la Misa Tridentina de la restricción de la reforma litúrgica post concilio de 1969. Mediante aquella carta apostólica se establece el retorno al uso del Misal de San Pío V (revisado en 1962) a contar del 14 de septiembre de este año. Juan Pablo II ya mostraba señales que vaticinaban su regreso a través de un documento promulgado en 1984, el que autorizaba la celebración de la misa latina si ésta era solicitada por los fieles de la diócesis a su obispo.
Más señales de la misma moda doctrinaria: se espera que en estos días se emita un segundo documento que confirmará la polémica declaración Dominus Iesus del año 2000. Ésta afirmaba que sólo la Iglesia Católica es la "Iglesia de Cristo". Para el papa B-16, tan infalible como sus predecesores desde que lo estipulara Pío IX, es falso que distintas iglesias que se consideren cristianas posean el mismo grado de verdad. Causó escozor en las congregaciones ortodoxas, anglicanas y protestantes de ese año, y lo hará ahora. Mientras tanto, el párroco vuelve a darle la espalda a los feligreses en la homilía, y el pobre que es creyente de ésta, la única iglesia verdadera, no podrá comprender lo que su pastor dice durante la eucaristía. Para el más crítico, que ya consideraba las misas bastante vacuas, ahora le parecerán más arcanas y menos sentido tendrá su asistencia.
Podría quedarme tranquilo con una actitud de mero observador frente a esta decisión vaticana. Al fin y al cabo, los temas de su administración y políticas internas son asunto que les concierne sólo a ellos, y (quizás) a los feligreses devotos; mientras que quienes no somos creyentes deberíamos mantenernos al margen de opinar si deciden celebrar misas en copto o en siríaco. Entonces, ¿de qué me preocupo? Esta medida eclesiástica, como tantas otras ya tomadas y otras muchas que vendrán, son consistentes con la onda retro que comentaba al comienzo, en la que el imperio contraataca (entendámoslo, la religión) buscando recuperar su imagen tradicional, y con ello el control que otrora ejerció sobre la sociedad en todos sus ámbitos. Después de comulgar en latín, los apóstoles del peluconismo saldrán de sus templos a inmiscuirse en la esfera de lo privado al obstaculizar la entrega de condones en las playas, o de anticonceptivos en los consultorios, como ya hemos visto. Algunos connotados de estos mismos personajes trasladan su integrismo a la política como si no se hubieran dado cuenta que iglesia y Estado ya son entidades separadas. Pues bien, a ellos les digo: exaudite beati, quod Iesus ipse dixit: redde Caesari quae sunt Caesaris, et quae sunt Dei Deo!
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