El Hombre Bonsai o la restricción del pensante

Cada uno de nosotros es una semilla, un individuo en el que se haya latente la potencialidad de germinar y dar por resultado un árbol frondoso; perfectible, por cierto, pero cuyas raíces profundicen en sólidos valores humanistas; flexible, mas de tronco robustecido por el cuidado a su formación. La realidad nos lleva, por el contrario, a encontrarnos con un hombre bonsái: vegetal, detenido en su desarrollo por podas reiteradas y por ataduras más finas, pero a la vez más firmes que el alambre; retorcido por gracia y voluntad de quienes comprenden el arte de moldear sociedades con la forma y dirección deseada; carente del abono cultural que facilite su crecimiento pleno.

En materia de pensamiento no todo está dicho, eso es claro. Sin embargo, la literatura mundial da cuenta de muchos pensadores destacados, que ya han bosquejado líneas de discernimiento cuya vigencia trasciende generaciones; que han analizado y fundamentado nociones a las que el hombre común de hoy puede acceder mediante su propia intuición y razonamiento, pero que lamentablemente suelen ser fugaces paroxismos de luz. El ser humano promedio, aquel que sólo vive, no se interesa mayormente por la justificación de la libertad, de la existencia, de la propiedad. Vislumbra de vez en cuando alguna definición operacional, tentativa, y al cabo de unos minutos la abandona, porque no le es de utilidad en el día a día. No puede condenársele por ello: está solo y nadie le ayuda a ahondar en su pulsión natural por la comprensión de las cosas. No puede formarse una opinión cabal de nada, de momento que las alternativas con las que cuenta son escasas, someras y filtradas por el sistema en el cual le toco vivir.

“La República” de Platón, “Ética a Nicómaco” de Aristóteles, “El Príncipe” de Maquiavelo, “Elogio de la locura” de Erasmo de Rotterdam, “Leviatán” de Hobbes, “El Espíritu de las leyes” de Montesquieu o “El Contrato Social” de Rousseau, por mencionar algunos ejemplos, son libros a los que llegué por mi propia cuenta. Durante mis años escolares, obras como éstas no sólo no estaban incluidas en las lecturas elementales, sino que sus mismos títulos fueron rara o nula vez mencionados. En Chile casi nadie lee a los clásicos, se omiten de la enseñanza sin más, y pocos los echan de menos. Sí ocupa un lugar destacado en los programas educacionales, en cambio, el realismo mágico, la apoteosis del tercer mundo, la literatura de suburbio; en definitiva, la cultura de lo mediocre, del non plus ultra y del feudo amurallado.

Me es difícil no reconocer, o al menos, sospechar de todo esto una criba sistemática, ex profeso, hecha a los más insignes “fertilizantes del pensamiento” que podemos encontrar en las letras universales. ¿Qué está pasando? Nada nuevo bajo el sol. Dos mil quinientos años de experiencia de la plutocracia en occidente brindan la experiencia suficiente a la clase imperante para que ésta conozca con exactitud los fermentos que promueven a las sociedades a cuestionar el orden por ellos impuesto.

Los jóvenes estudian para el día a día, su aprendizaje es desechable, para salvar el escollo de la nota que se viene. Por otra parte, en los colegios no se enseña a los niños a aprender, a entender por qué es necesaria la lectura y la formación personal. Mientras no haya un cambio drástico a este nivel, y el sistema siga restringiendo el acceso a las líneas de pensamiento, sólo queda la acción motivante e intelectualmente catalizadora que puede realizar cada familia en sus hogares. Considero que ese espacio es esencial para complementar la educación en aquellos espacios donde es falente. Textos como los citados más arriba son un aliciente para la razón, para la forja de ideas y la creación de una persona adulta con criterio y conceptos sólidos. Se debe incentivar la lectura crítica, el análisis, la discusión sobre lo contingente y no esconder la cabeza ante la realidad. Es menester que las próximas generaciones no simplemente vivan, sino que se formen una opinión de los distintos aspectos de la vida en sí misma. Patrocinemos la cultura, el buen libro, y en definitiva, el librepensamiento.