Desde Gotemburgo, Suecia, el viaje por tierra a Oslo tarda unas tres horas y media. Ingenuo en mi primera visita a Noruega, pensaba que el camino orillaría el mar, y claro, la carretera está cerca de la costa, pero no lo suficiente como para contemplarla desde el bus. Los fiordos suelen adentrar sus lenguas de mar muchos kilómetros hacia tierra firme, y Oslo es una ciudad de fiordo. Lo primero que sorprende al llegar a este país es la cantidad de agua que hay por todas partes, y ello explicaría en buena medida que esta sea una nación marítima. Yéndome en una corta volada, hasta me pareció lógico que los barcos vikingos tuvieran forma de sierpe: estas criaturas mitológicas, desde los mesopotámicos en adelante, se han asociado usualmente al caos representado por el mar, a las aguas primordiales, a los rincones desconocidos del universo y que el hombre intuye existen. Con razón se aventuraron hasta América 500 años antes de Colón.
Cerca de la estación de buses de Oslo, y como en Sydney, se presenta imponente un monumental edificio de la Ópera, Operahuset i Oslo, que roza el mar. Es una enorme mole blanca, que se inauguró precisamente en abril de este año.
Las calamidades históricas frecuentes también pasaron por esta ciudad, y después del incendio de 1624, el rey Crístian IV de Dinamarca y Noruega escogió un punto cercano al castillo de Akerhus, para iniciar la reconstrucción del viejo asentamiento, al que rebautizó como Christiania, nombre que mantuvo Oslo hasta 1924.
El castillo de Akerhus comenzó a construirse a fines del siglo XIII, pero los múltiples asedios hicieron necesaria su ampliación y la mejora de sus defensas hasta constituir una formidable fortaleza, nunca caída en batalla. Fue ocupada por los nazis en la segunda guerra, pero su rendición fue pacífica. Dentro de sus muros se ajustició con plomo al tristemente célebre Vidkun Quisling y a otros traidores pro-nazis al acabar la guerra.
Bajando desde el morro donde se edificó la fortaleza, se revela el fiordo atestado de embarcaciones.
El gigantesco edificio del ayuntamiento, inaugurado en 1950. Aquí se hace anualmente la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz (los otros se hacen en Suecia).
El Palacio Real de Oslo es la residencia oficial de los reyes noruegos. Se construyó en el siglo XIX para domiciliar a Carlos XIV Juan de Suecia (que era en ese tiempo rey noruego también). En ocasiones especiales, los monarcas se asoman aún por los balcones a saludar a sus súbditos.
El concurrido barrio de Aker Brygge, un muelle convertido en bulevar comercial. De noche, restaurantes y pubs siguen dándole vida a este rincón de Oslo.
El Parque Vigeland. Cuenta con más de doscientas esculturas de Gustav Vigeland, donde el tema central es la vida, representada por cuerpos humanos en diferentes posturas. Tocó la mala fortuna que el famoso Monolito estaba cubierto por reparaciones. Cuando fui a Milán el año pasado, lo mismo: la fachada de la catedral estaba tapada... ¿qué sigue? ¿Un cucurucho envolviendo la Torre Eiffel cuando vaya a París?
Cuando fuimos a la Catedral de Oslo, lo mismo: reparaciones. Hubo que contentarse con la capilla pequeña al lado, la que para nuestra sorpresa tenía inmediatamente en su subsuelo nada menos que una boutique. Me acordé de Weber: parece que los países protestantes ya vienen de vuelta en algunos aspectos, y ¿qué puede ser más desarrollado que vender ropa exclusiva bajo suelo sagrado? (broma, por supuesto). Pensé también en todo el lujo de las construcciones, en los incontables lanchones y yates particulares, en el gasto que ha de significar el mantener una ciudad tan hermosa. Como una reflexión final sobre esta visita de dos días a la capital noruega, debo señalar que se nota que hay bastante plata en este país nórdico, lo que puede ser una de las razones por las que decidieron mantenerse fuera de la Comunidad Europea, al igual que Suiza. Esa opción se hace ver en varias maneras, a ojos de un turista: menos inmigrantes en las calles, precios por las nubes, tiendas comerciales por doquier. Como ejemplo paradigmático, tengo mis diferencias respecto del sentido que debe tomar el desarrollo.
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